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15-04-18 | Noticias - Novedades

"Impresiona la continuidad enriquecedora del magisterio en la "Gaudete et exsultate""

Guzmán Carriquiry: "Impresiona la continuidad enriquecedora del magisterio en la "Gaudete et exsultate""



"El Papa nos dice que la santidad es la medida infalible de toda reforma de la Iglesia"


El profesor Guzmán Carriquiry Lecour nació en Montevideo (Uruguay) el 20 de abril de 1944, donde se graduó en la Universidad de la República con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Colaboró con el episcopado de su país como director del Centro Nacional de Medios de Comunicación Social de la Iglesia en el Uruguay.

Actualmente, y ya desde hace 40 años, trabaja al servicio de la Santa Sede. Fue cercano colaborador de Pablo VI, de Juan Pablo II, y de Benedicto XVI, primero en el Consilium dei Laicis y después en el Consejo Pontificio para los Laicos. Ha sido el primer laico nombrado Jefe de Departamento por Pablo VI, y también el primer laico nombrado como Subsecretario en un dicasterio de la Santa Sede por Juan Pablo II.

En mayo de 2011 Benedicto XVI lo designó secretario de la Comisión Pontificia para América Latina (CAL), siendo así el primer laico en ocupar este nivel de responsabilidad en la Santa Sede. El 2 de mayo de 2014 el papa Francisco lo nombró secretario a cargo de la vicepresidencia de la CAL. Integró e integra actualmente otros organismos vaticanos. El profesor Carriquiry es, por lo tanto, uno de los colaboradores laicos más cercanos a los Pontífices y lo entrevistamos para analizar con mayor atención algunos aspectos de la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco, Gaudete et exsultate.

Fechada el 19 de marzo de 2018, el día mismo en que se cumplieron los cinco años de inicio de su pontificado y en que comenzó su sexto año, el Papa Francisco publica como don pascual esta Exhortación apostólica sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. El Santo Padre aclara la razón de ser de este nuevo documento pontificio: que sea útil para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad, pidiendo al Espíritu Santo que infunda en todos y cada uno ese anhelo de ser santos para mayor gloria de Dios y servicio a los hombre, ayudándonos los unos a los otros en ese camino de vida cristiana, que es camino de felicidad.

En tiempos en que mucho se habla y se discute sobre la reforma de la Iglesia, este documento pontificio parece decirnos claramente que es la santidad la fuente y medida infalible de toda reforma, que son los santos los auténticos reformadores y los que abren caminos de mayor humanidad en este cambio de época que vivimos, los que se vuelven "más fecundo para el mundo" (n. 33).

Me impresiona, ante todo, que la Gaudete et Exsultate se dirige a cada lector, a cada cristiano, a cada bautizado, en forma muy personal y directa. Es como el desarrollo de un coloquio del Papa con cada uno, con cada persona que tiene enfrente. Es un diálogo personal, de tú a tú. "También a ti", dice un subtítulo. Y en todas sus partes, el Papa se dirige a un tú concreto: "Deja que la gracia... No te desalientes... No tengas miedo...". Es como si el Papa, Vicario de Cristo, quisiera ponernos a todos y cada uno delante de la Presencia del Señor, que nos habla, que nos invita, que nos interpela, que nos alienta, que nos sostiene para vivir en íntima comunión con Él, para crecer en la estatura que Él ha revelado y cumplido.

Es el amor de Dios que urge que nos desacomodemos de nuestros conformismos mundanos, de nuestro aburguesamiento, de la distracción y mediocridad, y muchas veces el olvido y abandono, con el que vivimos nuestro bautismo.

"No tengas miedo de la santidad, no te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de Él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad (...)", nos dice el Papa, y prosigue invitándonos a no tener miedo "de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia".

Impresiona en el texto de la Exhortación pontificia la continuidad enriquecedora del magisterio eclesial. En la base de este documento está la "vocación universal a la santidad", del capítulo V de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la Lumen Gentium, su "rostro más bello", dice el Papa, pero Francisco recoge muchas expresiones muy significativas de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y del Catecismo de la Iglesia católica.

Y porque la Iglesia es sinodal, allí están también recogidos los textos de diversas Iglesias locales (Nueva Zelanda, África Occidental, Canadá y Aparecida).

Me impresiona también esa compañía, sostén y guía de los santos, unidos por lazos de caridad y comunión con la Iglesia militante y peregrina, tan presentes en el documento: San Benito y San Bernardo, San Francisco y San Buenaventura, San Tomás de Aquino, San Ignacio, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, San Francisco de Sales, Santa Teresita de Lisieux y Santa Faustina Kolawska, Santa Teresa de Calcutta, el Santo Cura Brochero, el Siervo de Dios François-Xavier Nguyên Van Thuán y muchos otros. Y es significativo los teólogos que cita el Papa: Von Bathasar, Ratzinger, Martini, Jera.

El documento suscita especiales resonancias en y desde América Latina. "Hoy más que nunca", escribieron los Obispos latinoamericanos en Aparecida (n. 368), ·el testimonio de la comunión eclesial y de la santidad son una urgencia pastoral". "Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo" y, por eso, "el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios" (n. 6). Que sepamos apreciar "la santidad en el pueblo de Dios paciente", en esa multitud de santos anónimos de los que "nada dicen los libros de historia", esa "clase media de la santidad".

Con el evangelio inculturado y la gracia del Espíritu, hay muchos que nos muestran cómo acercarse a vivir, sine glossa, según las bienaventuranzas y ese "gran protocolo" del juicio final que ilumina el amor preferencial a los pobres al que estamos todos llamados. Nuestro pueblo experimenta ciertamente, en ese "combate permanente" que es la vida cristiana, "el aguante, la paciencia y la mansedumbre", "la alegría y el sentido del humor", también "la audacia y el fervor", que sólo son posibles en comunidad y constante oración.

La lectura de la Exhortación apostólica me hizo releer algunos textos proféticos de Aparecida. "No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten a la vida de los bautizados".

Por eso, "nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad.".

Urge, pues, "revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor para que la fe arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo" (nn. 12 y 13). Ese es el camino de santidad al que están llamados, urgidos, nuestros pueblos, todos los cristianos en América Latina.


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